julio 03, 2011

68- EL DECRETO DE RETIRO VOLUNTARIO

Cuando una persona se dedica a un empleo, es obvio que lo hace porque es la mejor alternativa que tiene y por la cual desecha el resto de alternativas que podrían generarle algún rédito; es decir, entre sus diferentes opciones de ocupación elige la mejor y discrimina el resto, lo cual en economía se llama costo de oportunidad; en parte porque resulta lógico que no puede dedicarse a todo al mismo tiempo. Es algo así como si se le pagara el tiempo de la persona.
Todos los seres humanos tenemos un costo de oportunidad cuando nos dedicamos a cualquier actividad.
Los servidores públicos tampoco escapan a este principio y principalmente cuando se supone que lo hacen con un espíritu incondicional de servicio ciudadano como debería ser, anteponiendo los intereses del país a los particulares.

Esta semana nos cayó en frio la noticia que en una institución estatal sus funcionarios se estaban apegando a un decreto de retiro voluntario en vista de su inminente salida por el término de su período de funciones.
Pero lo que llama la atención son por lo menos tres situaciones que ponen en evidencia el pecado capital de la avaricia:
1.    En unos días estas personas terminarán su período de funciones independientemente de cualquier decreto. El decreto es para retiro voluntario pero estos señores no se están retirando voluntariamente. Así que resulta avaricioso “aprovecharse” apegándose al decreto justo en este momento con la idea de rasguñar lo más que se pueda. ¿Porqué no se apegaron en otro momento?. La ley debería prever tal anomalía.
2.    El decreto establece un salario por año sin ningún límite, incluso adiciona al salario básico los gastos de representación en una muestra más de querer rasguñar lo más que se pueda. Así se han establecido indemnizaciones astronómicas e inconcebibles de hasta casi 300 salarios mínimos. ¿Porqué en el resto de instituciones que están por contrato tienen una indemnización de un salario por año hasta un máximo de 6 salarios, con lo cual en promedio no llegan ni siquiera a 50 salarios mínimos?.
3.    Uno de los beneficiados declaró justa su indemnización por todos los negocios que había tenido que sacrificar por dedicarse al cargo. ¿Acaso no recibía su justo salario?, ¿Acaso quiere que se le page también por su costo de oportunidad?. ¿Dónde queda el concepto de “servidor” público?.
4.    El abuso y vergüenza fue evidenciada cuando por la razón que sea, se vieron presionados a renunciar a tan sobredimensionado beneficio.

El asunto es que se trata de dinero público. El dinero público proviene directamente de los impuestos al pueblo; teóricamente es del pueblo y para el servicio al pueblo; por lo que cualquier uso inadecuado más que indignación y repudio envía una mala señal subliminal que forja como respuesta de autodefensa una inconsciencia de evasión tributaria.
Ese es el peor efecto de semejantes abusos. No solo es la cifra nominal la que se escabulla; sino que este tiene un efecto exponencialmente adverso en la cultura tributaria de una nación.
En nuestra guía de vida (la Biblia) se nos enseña claramente que los que padecen de esa ansiedad por el dinero, por más que tengan, jamás serán saciados (Ec.5:10); por lo cual se puede considerar la avaricia por el dinero como “la raíz de todos los males” (1Tim.6:10).
Veamos que en nuestra sociedad, toda la miseria y decadencia que la va envolviendo en el caos de violencia y pobreza gira en torno al dinero.
Veremos la luz, cuando nuestras prioridades dejen de ser monetarias. Idealmente orientadas hacia principios y valores. Esa es la clave para cambiar nuestro mundo.

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