junio 26, 2011

67- LA LIBERTAD DE MERCADO

Es una delicia disfrutar el hálito del día de pago y luego de hacer malabares para cubrir todas las responsabilidades, tener el gusto de pasearse ostensivamente por las vitrinas tentando el más antojadizo capricho.
Que sensación más acogedora y reconfortante de realización es recibir y percibir el fruto remunerativo de lo que representa nuestra jornada de trabajo convertida en ese maravilloso lenguaje universal llamado dinero que circula como el más perfecto flujo sanguíneo en todas las transacciones de intercambio dándole vida a la economía mundial.
Qué privilegio más sagrado y gratificante es reconocer y sumergirse en la autonomía y libertad para disponer del control total de dichos recursos y orientarlos hacia la decisión más personal y privada que pueda gestarse en nuestras aspiraciones y deseos, más allá de las mismas necesidades, sin censuras ni arbitrios de ningún tipo.
Es una de las grandes realizaciones que como jóvenes experimentamos con nuestros primeros pagos, al grado que no hallamos ni qué hacer; y con esa sensación de poder nos avocamos a consentir nuestros más placenteros gustos.
La felicidad se aboca a los linderos del materialismo el cual con sus múltiples comodidades sin lugar a dudas facilitan y mejoran la calidad de vida; logrando mayor eficacia en el desempeño de actividades específicas, maximizando el tiempo e intensificando el placer de las vivencias cotidianas y del esparcimiento.
Pero como en todo, los riesgos del extremismo no pueden ser menos amenazantes en un sistema proclive al inconformismo de las relativas comodidades alcanzadas.
Los excesos son la regla general y la condena para los que se embarcan y simplemente se desplazan por el rio mercantil contemplando absortos la belleza de los frondosos árboles e imponentes cerros al pasar, sin tener el más mínimo reparo que toda corriente por muy apacible y placentera que parezca tiene sus naturales caídas en cascadas de muy diversas y peligrosas alturas.
La violación a la regla de oro de la mesura “no más egresos que ingresos”, puede convertir el placer de la libertad de elección del sistema de mercado en una verdadera cárcel con condena de cadena perpetua a las penurias.

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