mayo 15, 2011

60- EL CHOFER CENTROAMERICANO

Aún es memorable aquella convergencia que tuvimos con varios hermanos centroamericanos en Honduras hace tres años con motivo de una capacitación gestionada por nuestros lugares de trabajo.
Claro está, en parte porque estos eventos son realmente raros en nuestro medio. Pues otros compañeros viajan con mucha frecuencia, y aun con todo lo bueno que pueda significar tienen el agravante que un recuerdo les va desplazando el anterior en corto plazo, de tal manera que se les dificulta pacer entre tantas travesías.
Pues hoy nos ocupa, luego de la sensación de convivir con personas de otros países y haber alcanzado un poco de confianza, esta singular anécdota por lo menos en lo personal.
Del hotel a las instalaciones de la escuela nos transportaban en un microbús lo cual propiciaba un espacio para cultivar la interacción, incluso con el mismo chofer resultó por fortuna una persona muy jovial y amistosa.
En un momento más de algunos llegamos a reconocer y hasta defender jocosamente algún puesto específico dentro de la unidad de transporte; como ocurrió en mi caso con el compañero Jonathan de Costa Rica. Al final de cuentas todo era diversión y cortesía.
Recorríamos un pequeño tramo de la ciudad de San Pedro Sula, y luego básicamente unos cuantos kilómetros en carretera, para llegar a las amplias instalaciones de un aeropuerto al parecer en desuso.
Justo para entrar en estas instalaciones y llegar a las aulas de la escuela, había que recorrer un considerable tramo en una calle rural y prácticamente desolada.
El abrasador sol, las desesperantes temperaturas altas y los amplios espacios casi desérticos conformaban un escenario aunque hostil, verdaderamente relajante y apacible.
Ese día, creo que fue jueves, justo cuando estábamos por salir en la tarde; mientras esperábamos que todos abordaran el vehículo y conversando con el chofer; espontáneamente y medio en broma me ubiqué en el asiento del conductor.
Al subir el último pasajero, el chofer asintió a que emprendiera la marcha; lo cual sin pensarlo dos veces hice.
Qué sensación más especial sentir el inicio de la marcha en tierras extranjeras, sin licencia de conducir local y en un vehículo cargado de personas de todos los países centroamericanos incluyendo Panamá.
Muchas condiciones tienen que conjuntarse para tener semejante experiencia. La difícil armonía entre confianza y responsabilidad del conductor; la seguridad misma de los pasajeros por tratarse de extranjeros y principalmente el momento oportuno y espontáneo.
Pues yo iba condiciendo con toda seguridad la máquina y solo escuchaba cuchicheos a mis espaldas. Me había abstraído. Ya en otras ocasiones había hecho travesuras semejantes en mi mocedad cuando aún no podía conducir. Fue algo que desde niño anhelé. Incluso pensaba que cuando fuera adulto mi trabajo sería conducir autobuses para pasar el mayor tiempo posible al frente del volante.
Por si no fuera suficiente le dimos alcance a un taxi e intentamos sobrepasarlo. En ese momento si escuché comentarios de preocupación. El chofer desde la puerta solicitaba vía al otro conductor y me indicaba reincorporarme al carril.
Los comentarios de preocupación se intensificaron cuando nos aproximamos a la salida hacia la carretera, obviamente por representar un riesgo exponencialmente mayor, al tener que incorporarme al tráfico con todas las implicaciones que representaba; pero fue justo donde con prudencia me orillé y estacionándome dejé el volante.
Pero mi sorpresa fue mayor cuando al levantarme del asiento todos mis compañeros de viaje irrumpieron en aplauso por la hazaña con matiz de travesura.
Aunque no fue mi intención original, por un momento logré robarme la atención de todos y comprender nuevamente que como personas, es posible unificarnos en nuestra esencia emotiva y frágil que es la que vitaliza a la humanidad.

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