mayo 01, 2011

58- NO HAY OTRO NOMBRE

El capítulo 3 y 4 del libro de los Hechos contiene uno de los pasajes, hechos, manifestaciones y declaraciones más elocuentes, profundas y gloriosas del apóstol Pedro: La sanación de un reconocido limosnero cojo de nacimiento de más de cuarenta años de edad a la entrada del templo la Hermosa, desencadenando una serie de por lo menos 12 hechos transcendentales que al transcurrir plasmaron una poderosísima enseñanza sobre quién es el único digno de recibir toda la gloria.

EL MILAGRO
1.    Lo primero que Pedro y Juan le dijeron fue “míranos” lo cual el hombre hizo atentamente porque esperaba recibir algo de ellos.
2.    Luego viene la parte crucial y crítica: el reconocimiento de su papel como humano: “No tengo plata ni oro”; es decir, como tal no podría brindarle ninguna ayuda;
3.    En un tercer acto hizo uso de la potestad dada por Jesucristo a TODOS los que creen en su nombre: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre... sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”. (Mr.16:17-18), cuando dijo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hc.3:6). “Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios”. (Hc.3:8-9). Nótese a quién adjudicó, dio gracias y alabó el cojo por el milagro recibido: a DIOS.

EL IMPACTO SOCIAL
4.    Al ver el milagro el pueblo los buscó con el objetivo obvio de darles gloria (Hc.3:11).
5.    Pedro inmediatamente reconociendo las intenciones de la gente los reprendió porque no quería ninguna gloria para él como buen ministro de Dios: “¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?”.
6.    Los remitió directamente a la fuente de los milagros: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, ...Y por la fe en su nombre... ha dado... esta completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hc.3:13,16).

EL IMPACTO EN LAS ARGOLLAS DE PODER
7.    La reacción de los religiosos de la época no se hizo esperar, los metieron presos (Hc.4:3) y les hicieron una corte para juzgarlos, no por conspiración, rebeldía ni ninguna otra causa más que por darle la gloria a Jesucristo: “¿... en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?” (Hc.4:5-7). Seguramente hubieran esperado escuchar que por cuenta propia, trucos o por obra del mismo diablo quizá.
8.    La respuesta de Pedro fue contundente: “Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: ...sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano (Hc.4:8,10).
9.    Aprovecha y arremete exaltando al único merecedor de toda la gloria frente al pueblo, los líderes religiosos y las mismas autoridades: Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hc.4:12).
10.  Sin más remedio son liberados, pero no dándose por vencidos los llaman en privado para amenazarlos sobre el único gran problema que ellos veían en todo esto: les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús (Hc.4:18). Nótese que para ellos el problema era Jesús. A través de la historia los líderes religiosos han luchado por mantener la atención y la gloria en cualquier cosa que no sea directamente Jesucristo.
11.  La respuesta de Pedro y Juan ante esta amenaza fue firme nuevamente: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios” (Hc.4:19).

LA VERDADERA CELEBRACION
12.  He aquí lo trascendental de todo este pasaje: Al quedar en libertad se reunieron con el pueblo y relataron todo lo acontecido ante los religiosos y las autoridades, y nótese, que juntos y unánimes alzaron la voz “... a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay”. Es decir, en este punto, la gente estaba consciente que Pedro y Juan eran solo ministros de Dios y ya no más intentaron glorificarlos, sino que se unieron en alabanza al único y soberano merecedor de gloria.

Todavía nos queda la duda razonable sobre cuál era el problema para que el poder religioso y político de la época no quisieran reconocer al único y absoluto Dios.
Por eso, nosotros los cristianos, no podemos menos que unirnos al reconocimiento y exaltación junto al apóstol Judas para que “Al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Jd.1:24).

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