febrero 06, 2011

46- BRUTALIDAD SOCIAL (3)

Justo surge un buen ejemplo para ilustrar la temática que nos ha ocupado ya por tercera semana sobre la brutalidad social como es el reciente caso publicado por un periódico la semana pasada bajo el titular: “Por un dólar mató un vigilante a un taxista”.
La pérdida de valores, la falta de cordura y la buena voluntad nuevamente son pisoteadas a partir del titular; cómo hacer comprender que el problema no se trata del infeliz dólar.
Aunque ciertamente con apenas un dólar de prudencia de ambas partes o por lo menos de una de las partes no se hubiese llegado a tan salvaje situación.

El negocio claramente es propiedad privada y por lo menos ameritaba pedir de favor aparcar el vehículo; pero ante la impertinencia del custodio que a su manera trataba de cumplir con su trabajo cobrándole el parqueo, recibió no menos agresiva respuesta: la señora a la que transportaba en primera instancia quiso acceder al pago pero este la increpó a que no lo hiciera y que mejor lo iba a golpear y que con su misma arma de equipo lo iba a matar según la versión periodística.
Pudo haber terminado hasta ahí la penosa escena. Pero en unos pocos minutos regresó y en una actitud desafiante se le puso a la par recibiendo como respuesta a su actitud cinco disparos que le segaron la vida.
Toda una secuencia de acciones desafortunadas impulsadas por tremendos defectos tan generalizados y a los que ya nos referimos anteriormente: la prepotencia y la soberbia.
La combinación de estos pecados está provocando en nuestra sociedad comunes conatos de agresión  y violencia en cada esquina y a cada minuto.

A los que nos toca lidiar con el agobiante tráfico todos los días nos consta la increíble cantidad de conductores prepotentes que circulan por las calles; y lo menos que uno piensa es: “este debería recibir una buena lección para que aprenda a respetar”.
Generalmente nos toca apartarnos, ceder el paso, esquivarlos y hasta sonreír a semejantes caras amenazantes con que se entrometen en nuestro carril.
Cuál puede ser el resultado previsto y fatídico cuando estos se encuentren con un verdadero soberbio.
En esta espiral de violencia pareciera que los soberbios son un mal necesario para contener a tantos prepotentes desencadenando todo esto un verdadero mar de intolerancia y violencia social.

Este mundo sería transformado si simplemente practicásemos una tan sola virtud humana: “el respeto”; el cual consiste en que “el derecho individual no debe estropear el derecho ajeno”; o como algunos lo han dicho: el derecho de una persona llega hasta donde comienza el de otra persona.
Esta sencilla, práctica y poderosa lógica se deriva de las sabias palabras del Maestro de maestros en su regla de oro: No hagas a nadie, lo que no quieras que te hagan (Mt.7:12).

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