enero 16, 2011

43- EL FUEGO DE LAS PRUEBAS

La vida no es un jardín de rosas; es un camino escabroso de pruebas a cual más ardua; y las cargas van llegando en una suerte de azar que casi siempre no es tan fácil descifrar la razón de su martirio.
Momentos tan difíciles en que se sienten las vibras de la negación y todos los conceptos inspiradores se disipan en la fuerza del desconsuelo.
El espíritu del ser humano, por naturaleza predispuesto a la invocación de una fuerza sobrenatural se desemboca en el clamor, en la pena y en la súplica de misericordia, de sosiego, de alivio y de solución.
Pero las pruebas suelen embutir y arremeter con más fuerza como oleadas insolentes de desesperación dejando en un hilo toda esperanza.
La mente afligida tiende a entramparse en una fatal conformidad o resignación sobre el destino hacia el infortunio.
A veces hasta las oraciones más devotas parecen desvanecerse en el almodrote de los pensamientos; y las que más fervientes logran tomar forma y ser lanzadas a la fe, parecen dentellar al no recibir la respuesta esperada.
Es este el límite hasta donde son capaces de llegar los que finalmente luego de intensas luchas se declaran ateos. No hay eco; no hay respuesta; no parece haber manifestación ni provisión del protector espiritual tan aclamado. Peticiones sin respuesta; problemas sin resolver; desgracias consumadas; enfermedades incurables; y multitud de situaciones en que la fuerza de la fe no da ni para una pizca de credibilidad.
Es el mismo espacio que el enemigo espiritual señor de las fuerzas malignas aprovecha para susurrar y encontrar su oportunidad en la mente del hombre para desviarlo hacia la perdición.
Pero si las más prominentes y profundas mitologías reconocen la existencias de esos ciclos de purificación del alma del ser humano, como la del ave fénix, por ejemplo, que literalmente resurge de sus propias cenizas; cuanto más lógico resulta comprender que el ser humano simplemente necesita para su bien y renacimiento espiritual atravesar por el crisol de las pruebas de la vida.
Son ciclos que creyentes y no creyentes tendremos que atravesar queramos o no, lo merezcamos o no; y siendo así, cuanto más reconfortante es visualizar en los momentos más álgidos de la tempestad aun en la lejanía aquel faro que nos guiará para arribar a puerto seguro.
Desde que nacemos estamos expuestos y casi obligados a pasar por el túnel de la desesperación y solo tenemos dos opciones: intentar sobrevivir por nuestra propia cuenta; o aferrarnos con fe a la esperanza del bálsamo espiritual.

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