mayo 27, 2010

15 LA PARABOLA DEL DIPUTADO Y EL CIUDADANO

La historia que hoy nos ocupa tiene similitud con un hecho acontecido el mes de abril del presente año; no obstante ese caso se manejó con un excesivo hermetismo por parte de los involucrados al grado que dos medios escritos presentaron versiones totalmente opuestas sobre lo que en realidad pudo haber ocurrido.
Nuestra historia no tiene nada que ver con ese caso, pero retoma el argumento con base a los supuestos hechos ya que recoge la verdadera cultura de violencia e irrespeto que se vive actualmente en la sociedad.
Un funcionario público de alto rango se encontraba trotando con su guardaespaldas por un parque cuya característica es la abundante vegetación, cuando observaron por un costado que tras un árbol un muchacho orinaba.
Se dirigió hacia él para exhortarlo por la mala educación de hacer sus necesidades en un lugar público; pero el joven lejos de recapacitar reaccionó agresivo ante lo cual el guardaespaldas tuvo que amagarlo para apaciguar su ánimo violento.
Este aprovechó que pasaba una patrulla de la policía para acusarlo de que lo habían amenazado con un arma; el funcionario tuvo que identificarse, no obstante fueron a la delegación y ahí terminó todo; seguramente conciliaron.
Todos estos hechos representan un verdadero desastre moral y de tolerancia.
1. El funcionario hizo alarde de prepotencia e intolerancia al querer hacer justicia por su propia cuenta aprovechando su estatus y poder (guardaespaldas). Un ciudadano normal no se atrevería a intervenir, sino más bien a denunciar.
2. El muchacho hizo gala de baja cultura por su acto; y de falta de respeto en su reacción ante un adulto; seguramente si aquel no hubiese andado protegido hasta lo hubiese podido agredir físicamente.
Cuadros similares con mínimas variantes son comunes todos los días y en cada esquina. Los altos índices de muertes violentas en nuestra sociedad son solo la cereza del verdadero pastel de violencia. Vemos agresividad por todas partes, desde niños hasta ancianos.
Desde padres hacia sus hijos, vecinos, compañeros de trabajo, estudiantes, hasta entre ciudadanos.
La intolerancia se ha convertido en el detonante de ofensivas indiscriminadas hacia nuestro prójimo. No somos capaces de perdonar.
No hacemos ni el más mínimo esfuerzo por lo menos de mantener la boca cerrada y contar hasta diez.
Si la regla de oro es “Trata a los demás como quieres que te traten” (Mt.7:12); la regla de plata será “Reacciona con mansedumbre y apaciguarás al airoso” (Prov.15:1).

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