abril 30, 2010

13 A PROHIBIR CUCHILLOS

El mes de marzo fue abrumadoramente conmocionado por uno de los 328 crímenes reportados por la policía. Su peculiaridad es que toda la sociedad pudo atestiguarlo a través de la oportuna cobertura de un periódico.
El caso pudo haber sido solo uno más; no obstante, el hecho de existir pruebas y evidencias inexpugnables son las que levantaron la sobrenatural polvareda de hipocresía y confusión.
Las instituciones reaccionan pero lo hacen mal, porque desorbitadamente apuntan en todas direcciones sin ni siquiera reconocer el verdadero problema.
A decir verdad, ni la aprobación o no aprobación del endurecimiento de leyes tendrán un efecto en la degeneración de la violencia social que vivimos simplemente porque no es esa la raíz de todos los males.
Tampoco se puede creer ciegamente en la regeneración de los delincuentes.
Cualquier sicólogo objetivo sabe que las conductas de los criminales tienen varias dimensiones y que hay personas tratables así como los hay incorregibles.

Por esta razón es que las leyes tienen su propio objetivo y no deben ser confundidas ni utilizadas para ningún otro propósito que no sea el de su concepción: la justicia; término tan incomprendido porque su esencia es dar el correspondiente pago tanto por los errores como por los logros.
Por ejemplo, la prohibición de la tenencia y portación de armas no necesariamente tiene relación con la violencia social.
Los delincuentes no obtienen sus armas por medios lícitos; pero supongamos que todos tuvieran sus armas registradas y que la prohibición les afectará directamente.
La teoría criminal establece que el delincuente primero planifica el alcance de su fechoría así como si ésta llegará hasta el homicidio; y solo después, establece la forma como ejecutará este último.
De esta manera, el criminal se valdrá de cualquier medio para lograr su cometido; desde una piedra, navaja, puñal, machete, veneno, estrangulamiento y tanto más.
Entonces, en nuestra manera de resolver los problemas, iremos prohibiendo cada uno de estos objetos contundentes sin lograr llegarle al verdadero problema.
Los que creen que una ley detendrá la violencia social simplemente están desenfocados y creen que el problema de las goteras del techo se elimina colocando recipientes.
Solo como ejemplo, en la esquina entre la 5ta avenida norte y 29 calle poniente, específicamente en la parada de autobuses frente al conocido como ANTEL San Miguelito, son usuales las correrías y batallas campales a pedradas.
Una usuaria del transporte colectivo que con temor y premura esperaba el autobús nos relataba que días atrás había visto como uno de estos muchachos fue acuchillado en ese lugar, y que algunas enfermeras que también esperaban el autobús en ese momento, lo auxiliaron sin saber la suerte que pudo haber corrido.
Pero como bien dice el popular refrán de la impunidad: “si nadie lo vio no existió”.
Ese hecho fue similar al que hizo estallar la bomba en la opinión de los diversos sectores sociales, gracias a que esta vez, sí había pruebas.
El problema de la violencia social, simplemente tiene sus raíces en la degeneración moral en que ha caído el ser humano desde que se les privó en su formación desde niños de las elementales normas de convivencia, principios y valores humanos.
Es toda una generación perdida sino dos, pero si no hacemos nada, el peligro y la violencia pueden llegar a los bordes del exterminio masivo.

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