diciembre 01, 2009

07- ESTAMOS EN GUERRA

Si durante los doce años del conflicto armado en nuestro país se estimó la pérdida de aproximadamente 75,000 vidas, representando un promedio de 6,250 fallecidos anualmente.
Y, si a noviembre 2009 los homicidios generados por la violencia social llegan a 3,873; pudiendo inferirse que se superarán en creces las cuatro mil defunciones como producto de este flagelo.
Entonces, esto implica que actualmente estamos casi al 70% de lograr los niveles de violencia de dicha época; en otras palabras estamos en guerra.

Pero la situación es mucho más dramática y espeluznante, ya que a diferencia del conflicto armado, la actual epidemia de asesinatos es más general y hasta incondicional; convirtiéndose simplemente en un virus letal en el medio ambiente del cual toda la población tiene reales probabilidades de ser contagiada.
Razones pueden enumerarse muchas pero sobresalen:
a) Un desorientado período de pos guerra.
b) Una mordaz e incontrolada influencia de violencia exterior a través de los medios.
c) Un bajo perfil cultural de valores en la sociedad.
Estos factores provocan una flagelación sistemática y paulatina de la sensibilidad humana. Es inusitadamente retadora la misión de propiciar sosiego en vista que estamos ante el mismísimo problema de degeneración moral de la sociedad.

Es fácil predicar que se trata de “una tarea de todos” alcanzar la reconciliación; pero aunque suene bien, este precepto se diluye en la generalidad sin lograr ningún efecto positivo.
Más bien, el énfasis, mensaje y esfuerzos, deben orientarse hacia la concientización de la responsabilidad individual.
Es fácil culpar al gobierno, las instituciones, los medios, las iglesias y a todo cuanto se nos ponga enfrente, pero esa ofuscación no nos permite ver la triste realidad: detrás de toda la institucionalidad que de alguna manera tolera y resbala en su misión rectora, se encuentran personas, ciudadanos, miembros de familias cuya misión comienza en casa (Jos.24:15).

Si el empleado, jefe, empresario, funcionario de gobierno, líder y todo ciudadano, desde el seno del hogar siembra intolerancia, disensión, pleitos, violencia, maltrato, desprecio de las elementales normas de convivencia con el prójimo, exponiéndose junto a su familia a influencias negativas, es obvio que irradiará a su entorno el fruto de injusticia y maldad, lo cual, unida a muchos otros malos ciudadanos, pervierte a la sociedad.

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